La Orquesta Sinfónica de Galicia rozó la excelencia

Fernando Huerta Jiménez

18/10/19

Los mejores calificativos se los llevó la Orquesta Sinfónica de Galicia dirigidos por Carlos Mena. El concierto del pasado 10 y 11 enero ha sido un de los mejores conciertos que han podido ver los gallegos en mucho tiempo. El programa previsto estaba compuesto por el Salmo 51, Tilge, Höchster, meine Sünden, BWV de J,S, Bach (1685 – 1750) sobr el Stabat Mater de G.B. Pergolesi (1710 – 1736) y el Magnificat de Bach.

El audiotorio reaccionó de la mejor manera al ver los retoques de última hora que decidió hacer el director de la orquesta y cantante añadieron dos breves, algo que fue memorable. Hubo una conexión especial entre los allí presentes, un feedback especial entre público y protagonistas que se dieron cita en el Palacio de la Ópera.

Las voces de Mena, del tenor Juan Antonio Sanabria y del barítono José Antonio López realizaron una obra y un momento mágico con la polifonía de dos motetes de Antonio Lotti. Durante el término del seguid motete, Mena subió cuidadosamente y levantó los brazos como una consecuencia lógica, las cuerdas de la Sinfónica tocaron las primeras notas del Salmo 51 de Bach.

A partir de ahí llegó la música al oído de los espectadores de los espectadores, provocando en ellos emociones únicas e indescriptibles. Martínez tiene un bonito timbre, una voz brillante y muy bien proyectada que llega al público muy adentro en cada una de sus intervenciones. A Kielland se le puede pasar por alto una cierta falta de cuerpo en el registro más bajo de las obras interpretadas. El timbre aterciopeladamente cálido en su zona media y alta, su buen gusto y su idoneidad estilística, con unas ornamentaciones de libro, son de gran hondura. Y hay que recordar que su parte estaba escrita para castrados, ya que las mujeres estaban vetadas en los coros de iglesia cuando esas obras se escribieron.

La segunda parte empezó con dos motetes de Palestrina, que no supuso sorpresa y provocó mucha satisfacción y cierta emoción cuando comenzó a cantar Mena. El director condujo la orquesta con tanto primor como firmeza, sacando todo el partido de su gran ductilidad, en una gama dinámica muy amplia y muy bien matizada. Y sobre todo, con un fraseo y color idóneos en cada número de la obra y con un cuidado exquisito del acompañamiento a las voces solistas, incluida la propia, que destacó en todas sus intervenciones.

Conforme avanzaba el tiempo, las emociones iban saliendo y exhibiéndose. Kiellan y Juan Antonio Sanabria cumplieron con su parte y calaron hondo en el público. Con estos efectivos el potencial sonoro se multiplica y con él los defectos, pero estos llevan tiempo ausentes o inapreciables en el COSG. Pero también se multiplican las virtudes y en el caso de un coro, además de la brillantez y la potencia sonora hay que valorar lo que en algunos momentos puede ser aún más relevante, que los pianissimi más sutiles se logran mejor con grandes masas sonoras, como sucedió en estos conciertos de la OSG.

Las ovaciones del público fueron efusivas y duraderas. Concluyó con la sensación de que fue un concierto único y mágico y que será recordado por los anales de la historia y por los que estuvieron allí presentes.

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